He llegado el último a este confín del gran mundo , he venido al frente de cuarenta, los que uno a uno han caído, uno a uno la maldad blanca me los ha arrebatado con sus gélidas garras, juntos llegamos desde el sur animados por la hazaña, guiados por obtener la gloria destruyendo este terrible mal, dar esperanza a mi gente y por ello se recuerden con cantos épicos en festines de victoria las proezas aquí logradas y se narren de boca en boca hasta que el ultimo normando desaparezca de la faz del mundo, que los niños jueguen a ser nosotros, que los padres den a sus recién nacidos nuestros nombres en afán de honra, que las doncellas ensueñen con nuestra virilidad y que los dioses nos premien con un lugar a su lado...
Pero nada de esto ocurrirá, seremos pronto olvidados, acaso recordados años, un par de generaciones, no mas, nuestra expedición será un ejemplo de fracaso, de misterio, algunos dirán que nuestro barco fue tragado por el mar, otros que perdimos el rastro de la bestia y morimos de hambre, otros que ebrios peleamos con los nórdicos que nos guiaban hasta darnos muerte unos a otros, nadie sabrá nunca el desenlace de nuestra épica aventura, lastima, mis hombres se portaron a la altura de los más grandes guerreros, uno a uno cayeron con la cara frente al peligro, uno a uno ofrecieron su sangre para que yo hasta aquí llegara, justo a su refugio, pleno a su guarida, acá donde no hay mas norte, donde el sol no sale en el estío y no se pone en los deshielos de marzo; ya le miro a los ojos, ya sus heladas pupilas penetran las mías hasta los rincones de mi alma, ya saborea mi carne tibia y huele mi sangre en el torrente, deseándola en ríos negros salpicando sus patas.
he llegado el único, después de cuatro días bajo una tormenta sin tregua, la nieve que sin descanso cae día y noche nos escaldó los miembros y la cara, luego por la noche diez murieron congelados, nunca más despertaron, la mano de un sueño los condujo a la dimensión de las sombras el primer día que desembarcamos, nada hay para hacer fuego, ningún árbol ni maleza, ni plantas ni nada, tampoco refugio para guarecerse, no hay si no viento y hielo, hielo y viento que protegen a esta temible bestia; así los restantes continuamos ligeros la marcha a su encuentro, una gran piel de oso, carne seca y mucho hierro son todo lo que cargamos, cansados de su yugo, hartos de su azote, venimos en pos de su rastro, inconfundible senda de muerte y desolación, particular su marca, ineludible su espanto, día y noche la seguimos sin tregua y sin descanso, durmiendo poco vigilando siempre, sabedora de nuestra premisa, nos ataco con todo lo que tenia y los treinta sobrevivientes a la primer jornada, enfrentamos su furia, pero nuestras armas poco o nada son a su naturaleza perversa, tal pareciera que no es de este mundo pues, nada en el le daña, por ello burlona se asoma y desaparece tras la ventisca, por ello juega y se divierte con nuestro arrojo, no hay lanza que la atraviese ni hacha que la cercene; entendida de ello llevó a cabo su matanza, que fue lenta y sádica, con calma elegía su presa, su bocado, su juguete, sin más lo atraía mostrándose próxima, descuidada, y sin más lo cogía en vilo haciendo crujir sus huesos cual ramas secas bajo el tropel de caballos, pero nadie dio un paso atrás, nadie vaciló nadie suplicó, orgulloso estoy de mis hombres, de mis guerreros, de mis hermanos.
Corrimos tras ella cuatro restantes, corrimos llenos de arrojo decididos a destruirla para siempre, al alba por fin llegamos, y frente a su alucinante morada, dos mas no soportaron la inconcebible visión que se mostraba a nuestros ojos y colapsaron, nos arrodillamos a levantarlos, pero sus mentes ya no estaban en esta realidad, ¡pobres! tal vez fue lo mejor, y más pobres nosotros ¡por lo menos ellos ya eran libres¡
Retomamos la misión, intentando comprender donde estábamos ya que nada hay en este mundo equiparable, ni geometría, ni proporciones, una maldad de otro mundo se percibe en cada muro, en cada forma, en cada torre, en cada espacio.
Lozas de hielo eternas conducen al interior de la ciudadela, y a nuestro paso un linaje de otro mundo se adivina caminante de estas calzadas, sin aliento en las bocas, extenuados en cuerpos y mentes, mis leales flanqueantes señalaron con la espada la demencial presencia.
¡Ahí mi señor!
fieros empuñaron la doble hacha y lanzaron su mejor ataque, pero sus cuerpos ya no respondieron a sus deseos, a su vehemencia, a su leal arrojo, cuando se dieron cuenta que me daban una oportunidad sacrificando sus vidas, se despojaron de sus pesadas pieles, uno a otro se ataron cuchillos en manos y pies para que al ser devorados, algún daño hicieran a la carne de ese demonio, en ese instante, una inspiración divina llego a mi pensamiento, o la demencia se apodero de mi, tal vez no hay línea entre ambas o sean lo mismo, pues de inmediato supe que hacer, no era la lanza, no era la espada, ni el arrojo, ni la valentía, nada derrota a tal frio, ni llena al vacio, o atemoriza al miedo mismo, y así sin más, baje la guardia, enfunde la espada, solté el hacha, serena mi mirada, pausada mi respiración, halle respuesta a la pregunta más buscada, trascendí el miedo a la muerte, a la vida, al triunfo y la derrota, a cielos e infiernos, al dolor, a la dicha, la bestia confundida, intento horrorizarme mostrándose total como nunca antes se había mostrado, y yo sin emoción en la mirada, la reté en silencio, quieta me observó, quieto la miré, comprendió que había sido derrotada, entonces preparé mi último movimiento, desanudé mis ataduras a este plano, aquieté la mente, dejé ir los deseos, abandone ahí todas mis necesidades, desprendí mi alma inmortal de la carne, trascendí a un plano superior, en el momento en el cual eso que fue mi cuerpo, perdió todo propósito dentro de las blancas fauces de la bestia encarnada del miedo...

No hay comentarios:
Publicar un comentario