TAREAS DE OLVIDO
Avanza ajeno a su voluntad guiado por el que lo llevará a su exilio, un instante eterno les toma llegar al muelle, recorrerlo con pies polvosos hasta el atracadero donde la sencilla barca les espera, el atardecer espléndido mancha en dorado todo lo que el sol abraza, una melodía triste resuena secreta en la casi nula memoria restante, conservada solo para guiarlo a este destino, su conductor suelta las amarras, toma el timón, las velas se hinchan e inician el viaje.
Detrás quedó casi todo hecho, arrugada en su bolsillo la gran lista enumera uno a uno los quehaceres realizados, de los que no, ni remedio, la travesía debe comenzar.
Así para este reino quedó dispuesto:
Un gran abismo para tragar los mares de tristeza.
Florestas de promesas arrancadas hasta la raíz yacen en montones de piras que consumen toda sustancia hasta las cenizas.
Una masa colosal de hierro rematado en hielos eternos oculta el camino a los secretos, y detrás en lo inexpugnable se construyeron de la nada, grandes almacenes de hormigón para contener lo no entregado, lo no recibido, lo despreciado.
Abrazos ceñidos lucen por doquier atados por docenas con correas de su propia piel.
Risas disueltas en ácido, deformes ahora son muecas
Caricias por montones yacen en una gran fosa común, antes intentaron quemarlas, pero el fuego no consume al fuego.
Frascos con su aroma son manipulados cual sustancias peligrosas, pues de ser derramadas y llevadas por el aire, son capaces de dar al traste con toda la misión.
En un vaivén que se antojaba eterno se almacenaron por categorías cientos, no, millones de besos.
Los cariñosos, esos rápidos y secos dentro de cajitas color pastel se almacenan en bolsas transparentes amontonadas entre si con cierto cuidado.
Los besos que oprimen los labios y despiertan las pasiones fueron numerados y registrados en papel luego acomodados en gavetas atornilladas a los muros.
Los besos con mordida se colocaron tras una pared lejos de la vista de nadie.
Pero los besos mojados, esos que se dan a ojos cerrados con la mente en el infinito y que eran los más, y los que fue más complicado contener, se ataron amordazaron y empaquetaron firmemente con madera, pues las lenguas que inquietas empujaban por todos lados no daban tregua alguna, por ello se sellaron con clavos y pegamento, con flejes se acomodaron en una bodega colosal, luego se cerraron las puertas y se lacraron con simples listones de papel china blanco.
El paraje más lejano ostenta un volcán iracundo que arroja por su ancha chimenea humo negro por las pasiones de carne que en su horno a mil grados se funden, de vez en cuando una roca sólida de deseo escapa del crisol que tiene la misión de consumirlas, a ello nada en ese mundo de ensueño puede poner remedio, surca entonces la mole en gran arco hasta los dominios de la realidad.
Un mausoleo construido donde ya nadie lo sabe, da espacio para la gran galería de recuerdos íntimos que ahora cual cuadros de grandes y célebres artistas repletan corredores infinitos.
A la entrada frescos plagados de su sonrisa se aprecian a derecha e izquierda, la muestran asomando por la ventana con la mano al aire en señal de despedida, o desde el quicio de su puerta, muchos hay de sorpresa y muchos más de carcajada.
¡Son tan diversos!, cuelgan ya a la visa de nadie.
Al fondo, tapiado tras gruesos muros inaccesibles al pensamiento, borrado del registro y de toda existencia, retratos de su cuerpo atestan decenas de pasillos, sin catalogar o revisar, quedaron amontonados uno tras otro, imposibles ya de mirar, de ansiar, de tener, de revivir.
Unos muestran su espalda desnuda con la cabellera suelta, otros sus hombros deliciosos y las manos cubriendo con pudor los breves senos, otros sus verdes pupilas dilatadas, muchos más labios entreabiertos y ojos cerrados, blanca piel llena los lienzos, blanca carne, carne de hembra madura.
Estudios completos quedaron ahí de la gracia de sus nalgas, lienzos enormes que detallan su sexo. Decenas de la complicidad de sus cuerpos, incontables del encuentro de sus almas, centenares de los instantes cuando ambos eran solo uno.
Tras todo esto resuelto sólo quedó fuera de sus alcances:
Un niño, que perdido vaga temeroso con los ojos desorbitados de miedo a solas por las noches sin luna.
La razón que marcha de día muy segura, con una carta en la mano y un balazo en el pecho.
La ansiedad a la que le arden las venas y le hierve la sangre, que en su afán de mitigar esto, se arroja cada día por un despeñadero.
La pasión fue encadenada, metida en un baúl atado con gruesas cadenas y sellado con candados, tirado al fondo de un río y atado a una gran roca, pero eso tal vez no sea suficiente, encontrará un día el modo de liberarse.
La ilusión debía encontrarla y llevarla por su propia voluntad o a la fuerza a bordo, cuidarla bien, mantenerla despierta; sin embargo la buscó con afán sin éxito, unos dicen que no pudo hallarla pues esta murió imaginando un avión cruzar el cielo.
Ligera pues, se adentra la pequeña barca en los mares insondables del alma, ya no se divisa tierra, con mano segura el olvido la conduce, desconoce la ruta, navega sin brújula, sin prisa, sin emoción.
Ningún sonido el mar emite, ni el rozar de los maderos al romper la tensión del agua, ni el crujir del mástil a los embates del viento en las velas, es como la escena de una película pero sin banda sonora.
Se miran conductor y cautivo por última vez a los ojos:
El olvido no sabe de amor
El amor no entiende de olvido
Cautivo que acepta su destino, hunde la barba en su pecho y pronuncia una última vez su nombre.
Captor mudo que cumple su tarea, levanta la cara y mira la última luz del una vez inmenso sol de sus horizontes.
No hay respuestas, no hay preguntas, no hay nada.
Amanece y el sueño se hace vívido con las luces del alba, mientras, yo me desvanezco en la bruma de nuestro consumado tiempo.





