viernes, 8 de mayo de 2015
SIDDHARTHA EN PEDAZOS
La lluvia monzónica no es motivo de distracción ni le mueve a ningún pensamiento, sólo varía su temperatura corporal externa, ya que por dentro su noble corazón es un tizón ardiente que todo lo caldea, los días transcurren como segundos en el reloj y la serenidad en su rostro inspira a la santidad a mas de uno, en la búsqueda del nirvana hay muchos senderos para llegar a un mismo punto, y esas rutas son largos caminos internos plagados de trampas del intelecto y el ego, ávidos por notoriedad o reconocimiento, sin embargo él ha sabido contenerlos muy bien, manteniéndolos a raya con solo mirarlos a la cara.
Dejó hace tiempo, que no se sabe si es mucho o poco (ya que se contabiliza en días o quizá hasta años cuando se ensueña, pero en el mundo consciente pueden ser instantes) los interminables manglares, la fauna a su paso percibió la naturaleza de su empresa e intentó por todos los medios facilitarle el andar, aunque poco puedan hacer reptiles y aves que salieron a su encuentro con la intención de guardar como suvenir aunque fuera un trozo de su extraordinaria humanidad.
Los ríos atestados de lúbricos sueños, en no menos de tres ocasiones le obligaron a mirar su reflejo en la superficie, más la atracción ni fue tan fuerte como para no permitirle regresar del fondo revuelto en cieno y la corriente tampoco tuvo la capacidad de alejarlo tanto como para no divisar el otro lado. Ya corrió por doradas planicies, con las palmas acarició el grano maduro, subió y bajó colinas suaves rematadas en piel tersa, la miel que de los labios derramaron en su boca, alimenta terrenales fantasías que viven ahora en dimensiones paralelas, los ojos severos de las ancianas suavizan la expresión al mirarlo y sus manos ajadas por el trajín de tantos y tantos años, gráciles lo saludan cuando al paso se cruza.
Pero no es la paz en la mirada, ni las zapatillas que como en una danza conducen sus pasos, ni el oro en su frente ni la esmeralda en las orejas, no es tampoco la suave melodía que inunda el alma en su presencia, es la fe con la que pronuncia el sagrado nombre de Brahma, es la pasión con la que cierra los ojos y se inclina a la alabanza, es la llama violeta que lo cubre y a la hora del crepúsculo lo hace parecer la visión de un ángel, venido de superiores planos.
Ya en los lomos del magnífico elefante que lo conduce, se figura como la personificación de Rama dirigiendo un gran ejército de monos contra Indra en los cielos del Oriente místico, cuando al llamado de los cuernos, inundaron el firmamento con saetas de mil kilotones y a su vez estas resultaron en marejadas de fuego purificador; es tal su gracia, tal su magnánima presencia que no hubo quien lo viera y no intentara una oda, un poema o una canción.
El rumor de las gotas de agua sobre las hojas fondean esta escena y la representación que el mundo ofrece de la misma realidad dimensional, es rebasada en un instante eterno cuando desprendido de todo recuerdo, deseo o apetito, camina de la mano de la santidad, los mil pétalos de la flor que corona su esencia humana estallan transmutando su yo con nueva sustancia.
Hare Krisna, hare hare… resuena por los pasillos de losas milenarias, el centro histórico en su loco devenir tiene la paciencia necesaria para acoger a los semidesnudos practicantes, menos mal que su arroz y dádivas son buenas, que su cabeza a rape y mirada que intenta serenidad, refleja pasados aciagos que desean dejar muy atrás, mientras cavilo en ello de mis manos escapa el viejo ejemplar y tras rodar escalones abajo en la estación del metro Zócalo se desencuaderna desordenando la historia que ofrece a un Siddhartha aun en pedazos alcanzar el nirvana.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario